Rabino Manuel Hernández G.
La violencia y la maldad en el mundo corren sin freno alguno. Todos los días, los diarios impresos y televisivos nos anuncian guerras y crímenes de todo tipo y en todos lados, angustiando a unos, deprimiendo a otros y deshumanizando a la mayoría, de tal forma que el amor al prójimo ya casi desaparece, aumentando, como consecuencia, el egoísmo y el hedonismo.
El Mesías YESHUA lo vaticinó con precisión para que judíos y cristianos estuviésemos advertidos y para que, llegado ese tiempo, los hechos no nos tomaran por sorpresa, hundiéndonos en la desesperación:
«Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará».
Entendemos que tal profecía también implica a líderes políticos malvados y engañadores —no importa si son de derecha, izquierda o sin definición; el problema son ellos y sus acciones—.
En el caso de nuestro país, México, la violencia ha crecido hasta límites impensables hace apenas unas décadas. Durante el gobierno federal anterior (2018-2024), alrededor de 250 mil personas fueron asesinadas. Cerca de 200 mil de sus cuerpos fueron objeto de una averiguación; el resto fueron desaparecidos, enterrados de manera clandestina, desmembrados, cortados en trozos o destruidos en ácidos. Esto muestra de manera cruda la conducta bestial y diabólica de una sociedad que, en gran medida, ha dado la espalda a D-os.
Abandono o repudio a la fe que se refleja prácticamente en todas las acciones de la vida. Los que nacimos en otras generaciones y fuimos formados en los valores judeocristianos podemos comparar estas conductas, abismalmente contrarias, con aquellas épocas. De hecho, y en muchos sentidos, ya tienen poco en común. La visión y las conductas han cambiado tanto y de manera tan radical que parece que hubieran pasado siglos, cuando lo cierto es que, en tres o cuatro décadas, la cosmovisión adquirida durante siglos sufrió un drástico cambio, y no para bien.
Hay quienes incluso —en sus limitaciones de formación— confunden el desarrollo tecnológico con la ciencia y la información con el conocimiento. Ante semejantes vacíos, la creencia en el D-os que se revela a la humanidad caída es gracia y vivencia de unos pocos; de aquellos que, además de ser formados en la fe y los valores bíblicos, mantienen sus creencias firmes a través del alimento espiritual, como nos advirtió Yeshua recordándonos a Moisés:
«Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».
Y es que, si no conocemos las Sagradas Escrituras —la Biblia—, que son la forma principal como D-os habla a sus hijos entre los hombres, ¿cómo podríamos creer y confiar en un Dios desconocido? Lamentablemente, es el caso de cientos de millones de personas, entre ellas muchos judíos y cristianos nominales.
Las tradiciones y las costumbres, la mayoría de las veces, poco o nada tienen que ver con el mensaje divino. Esta condición deja en estado vulnerable a las personas que, aunque piensan que creen en D-os, lo cierto es que, al no conocerlo como Él se ha revelado, su supuesta fe queda expuesta no sólo al error y las desviaciones, sino a alejarse en los momentos difíciles o de prueba, creyendo equivocadamente que D-os no los escucha, que es indiferente a sus ruegos o que, de plano, no existe.
Todo deriva del desconocimiento de su propia fe, lo que les deja expuestos a la vida como la entienden los demás, los incrédulos, sumiéndose poco a poco en el fango de la vida mundana. Para desgracia de ellos mismos, de no hacer un alto, buscar a D-os de todo corazón en la Biblia y, arrepentidos, pedirle perdón por sus pecados, se perderían eternamente imitando la conducta de los incrédulos. El siguiente salmo lo describe con perfección:
Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón.
En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos.
Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.
Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero.
No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres.
Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia.
Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos de su corazón.
Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería.
Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra…
Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría.
Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí.
Hasta que, entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.
Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer.
¡Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores…
Todo judío debe recordar que su fe, la revelada por D-os, no es una simple religión moralista que concluye con la muerte. De ser así, ni siquiera valdría la pena observarla. El judaísmo, como el Señor lo dejó expresado en las Escrituras, concede certeza, valor y sentido existencial —eterno— a la persona; visión amplia y conocimientos del origen de la vida, además de una serie de normas y doctrinas que dan solidez y sentido no sólo a Israel —pueblo escogido por D-os precisamente para dejar su mensaje y para que luego fuera llevado a todos los pueblos de la Tierra—, sino a toda persona y pueblo que le busca de todo corazón.
En el libro del profeta Isaías, D-os le hace saber a todo judío que la temida muerte sería vencida:
«Destruirá a la muerte para siempre, y enjugará Yahwéh el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra, porque Yahwéh lo ha dicho».
Esto sucedió con la obra redentora del Mesías Yeshua en la Pascua del año 33 del primer siglo, abriendo la puerta de la salvación y la eternidad a todo judío —y gentil— que creyese en Él y en las profecías del Tanaj que, justamente con y en Él, se habían cumplido:
«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Mesías padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas».
Al vencer el Mesías YESHUA a la muerte —producto y consecuencia de la desobediencia de Adán y Eva— se consolida la promesa del Reino de Israel. Antes, sin embargo, judíos y cristianos tendríamos que responder al amor y al mensaje del D-os de Israel. En tanto que Él retorna, tendríamos, además de creer y vivir la fe como D-os nos pide en las Escrituras, que ser luz en medio de un mundo caído también a causa del pecado en Gan-Edén.
Debemos vivir la fe judía de tal forma que nuestras vidas demuestren la existencia de D-os, su amor y su poder, para que los que no creen puedan distinguir la luz del Mesías para sus propias vidas; o, en el caso contrario, confrontar sin palabras —y en ocasiones con ellas— sus vidas de pecado y rebelión.
Otra de las profecías anunciadas por el Mesías, relativa a su retorno glorioso —con el cual se iniciará el esperado REINO DE D-OS—, advierte a manera de señal para los creyentes que, antes, «será predicado este evangelio del reino a todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14); hecho que ya sucedió a finales del siglo pasado.
Como se dijo al inicio, Yeshua también advirtió que la maldad se multiplicaría; pecado colectivo que está dañando y angustiando permanentemente a millones de personas, afectando y apartando de la fe a cientos de millones de personas, a quienes EL RETORNO DEL REY DE ISRAEL LES TOMARÁ POR SORPRESA.
Yeshua, al referirse a este tema, nos puso como ejemplo la parábola de las diez vírgenes —cinco prudentes y cinco insensatas— que simbolizan a las corrientes o congregaciones firmes en la fe, la Biblia y guiadas por el Ruach HaKodesh (E.S.). El cansancio de la noche venció a todas; sin embargo, ante la llegada sorpresiva del novio —el Mesías representa al novio, e Israel y la Iglesia a la novia— para consumar la esperada boda eterna, las que contaban con aceite y luz, las prudentes, salieron a recibir al novio-Mesías. Mientras tanto, a las otras cinco, a pesar de pedir que les abriera la puerta, les respondió: «De cierto os digo que no os conozco» (Mateo 25:1-12).
El rabino Manuel Hernández G. es consejero espiritual de la AJMM. Correo electrónico: mahergo1950@gmail.com
La revista CHALUTZIM es el órgano informativo de la «Alianza de Judíos Mesiánicos de México». Se publica trimestralmente desde el año 1992 y se envía de manera gratuita.
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